¿Por qué no votaré en blanco y mucho menos por el fujimorismo?
Decir que “votar en blanco es votar naranja” no es solo una consigna, a este punto, es una constatación política. En contextos de segunda vuelta, el voto en blanco reduce el universo válido de votos, reduce la cantidad de peruanxs que somos y, en la práctica, puede favorecer a quien tiene presupuestos que avalan narrativas conservadoras. Votar en blanco no es neutralidad: es renunciar, es tirar la toalla. Y en un país atravesado por la impunidad, la renuncia también es una forma de violencia, es una forma de abandono, incluso desprecio al país.
Como millenials nacida en los noventas, no aprendí una sola historia del Perú. Una de ellas me la mostraron el colegio perteneciente a una fuerza armada, donde en los libros y ditados, llamaban “héroe” que nos salvó del “comunismo” equiparando comunismo con terrorismo. ¿Qué pillos, no?
La otra historia noventera, la real, la aprendí escapándome de la academia para postular a San Marcos, y entrando, según yo, a escondidas al local del PS en Plaza Bolognesi. Escuchando a Javier Diez Canseco pero principalmente, a las mismas protagonistas y víctimas directas del fujimorismo, a las sobrevivientes de las esterilizaciones forzadas.
Víctimas del conflicto armado interno, donde el gobierno dictatorial Fujimorista fue responsable de crímenes sistemáticos contra su propia población, especialmente contra campesinas, indígenas y pobres.
Esa segunda historia no es ideología: es evidencia. La Comisión de la Verdad y Reconciliación estimó decenas de miles de víctimas fatales del conflicto armado (1980–2000), afectando de manera desproporcionada a poblaciones rurales y quechuahablantes . Y dentro de ese mismo periodo, el régimen fujimorista implementó una política de “planificación familiar” que derivó en la esterilización masiva de más de 300,000 personas, principalmente mujeres indígenas y pobres.
No fue un exceso aislado. Fue una política de Estado, de un Estado racista, clasista, dictatorial.
El propio Ministerio de Salud reconoció que estas intervenciones vulneraron la dignidad, integridad física y psicológica de miles de personas, miles de mujeres Y organismos internacionales han sido claros: estas prácticas constituyen violencia de género, discriminación interseccional y violaciones graves a los derechos humanos .
Por eso, cuando hablamos de fujimorismo, no hablamos solo de corrupción o autoritarismo. Hablamos de cuerpos racializados.
De cuerpos empobrecidos.
De cuerpos de mujeres convertidos en territorio de control fascista.
No es solo un dato histórico, es una herida abierta. Porque esas políticas no ocurrieron en el vacío. Se sostuvieron sobre una lógica colonial profundamente arraigada, que dicta que hay vidas que valen menos, que hay cuerpos que pueden ser intervenidos sin consentimiento, que hay poblaciones que deben ser controladas para “progresar”. Y para sorpresa de nadie, esos cuerpos son cuerpos de mujeres. Y eso no es pasado, es estructura.
Estructura que sigue operando en los discursos de terruqueo, en la criminalización de la protesta, en la represión estatal que ha dejado más de 50 personas asesinadas en movilizaciones recientes del 2022 y 2023, en la captura de instituciones, en el intento constante de recortar derechos hacia las niñas, hacia las marikas, hacia lxs trabajadores, incluso aquellos tan básicos como el reconocimiento del feminicidio.
El fujimorismo no es solo un partido, es una forma de ejercer poder y satisfacción a quienes han gobernado los últimos 6 años, basada en el miedo, la impunidad y la deshumanización.
Hablo de satisfacción, porque Keiko Fujimori no quiere ser presidenta por su viejo, por ser la primera mujer presidenta electa, no porque quiera poder, porque ese ya lo tiene hace 10 años, desde su bancada congresal, ella quiere ser presidente por capricho, por ego, por pura satisfacción personal (y eso me llega al pincho)
No voto en blanco porque sé a quién beneficia el silencio.
No voto por el fujimorismo porque escuché a las mujeres que sobrevivieron. Porque sus testimonios no son solo cifras, son marcas en el cuerpo, en las generaciones, en la historia de este país.
No voto en blanco ni por el fujimorismo porque tengo memoria y porque empatía y amor a las mujeres de mi país.
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